01 diciembre 2005

Beticismo y bondad

Coincidí el otro día en las escaleras con mi vecino en Huelva, el cartayero Pepe Jurado, sacristán de la iglesia de San Sebastián y hombre devoto allí donde los haya (por cierto, que cada vez que se entera de que me voy a pasar el fin de semana a Valverde, me busca para pedirme que haga de cosario de recuerdos y aprecio sincero para el párroco, don José Ramos, quien confío que acuse recibo de esta columna).
“Qué buen cura tuvisteis allí en Valverde. ¡Qué hombre más simpático era don José Arrayás!”, me comenta Pepe mientras nos disponemos a enfilar ya la cuesta de Federico Mayo, justo antes de confesarme que, en un célebre bautizo oficiado por don José en la capital, fue él la persona que se adueñó del órgano de la iglesia y empezó a tocar solemnemente las notas del himno del Betis, para sorpresa del respetable y alegría del sacerdote valverdeño.
“El mejor bautizo al que he asistido en toda mi vida”, me dice Pepe que le aseguró el bueno de don José mientras le daba un fuerte abrazo y le brindaba una sonrisa de las suyas: sincerísima, de oreja a oreja, pura e inolvidable. Y yo que me acuerdo entonces de otra aún mejor, de la inmensa —y mascona— alegría que le embargó al cura más bético que se recuerda tras enterarse de que un grupo de teólogos e historiadores estaba investigando a conciencia la posible presencia de San Pablo en Andalucía durante la época del imperio romano.
“Eso sería muy importante”, cuentan que dijo con sorna don José Arrayás. “Nada me gustaría más a mí que en una misa de domingo poder leer ‘Carta de San Pablo a los Béticos’, y que todos los sevillistas se levantaran diciendo «Alabado sea el Señor»”... De ese estilo me sé otras mil. Algunas de ellas en primera persona. Como aquella vez que le riñó a mi madre por haberme castigado con no ir el domingo al Benito Villamarín en el peugeot gris de Manolo Cejudo junto a ellos dos, mi amigo Angel Luis y Manolo el de Trigueros. La razón, que no se puede castigar a un niño con no ir a ver el Betis. Demasiada pena para cualquier pecador.
Recuerdo nítidamente el año del milagro, cuando Zafra marcó en el Insular de Las Palmas, casi en tiempo de descuento, ese gol beatífico que nos permitió mantenernos un año más en Primera. Y lo recuerdo por esa imagen de don José recorriéndose el pueblo entero con su ABC bajo el brazo, para mostrarle a todo el mundo la portada en la que aparecía codeándose con todos los jugadores y directivos del Betis en la ermita de El Rocío, agradecidos de esa manilla proverbial que nos echó la Virgen cuando ya estábamos desahuciados. O aquella tarde en el supermercado de Manolo y Charo, rogando que, si no era mucho molestia, le rebobinaran una y otra vez un dos a uno al Madrid en el que Calleja, el defensa, conectó un cabezazo inapelable. ¿Cuántas veces pudo ver este hombre aquel resumen del Estudio Estadio?
Uno tiene sus debilidades. A mí me nombran a don José Arrayás y tengo que hacer esfuerzos para contener el par de lagrimones. Porque a veces, cuando doblo la esquina del Valle de la Fuente o paso por la puerta de la iglesia, quiero encontrármelo (con su boina y su alzacuellos) para poder contarle qué fue de aquel Manolito que repetía cada dos semanas vestuario cuando los de las 13 barras ganaban milagrosamente un partido, por aquello de combatir el gafe. ¡Lo que habría disfrutado con las filigranas de Alfonso, con las faltas de Assunçao, con el regate de Joaquín...! Que Dios tenga en su gloria a quien tantas tardes de domingo me dio catequesis de beticismo y bondad.

Del archivo de Facanías

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