23 enero 2009

Si yo fuera presidente

Estamos en crisis. Y los que trabajamos en prensa escrita, más aún.
En Francia, el Gobierno de Sarkozy acaba de anunciar que duplicará la inversión en periódicos por distintas vías con el fin de evitar que uno de los pilares de la Revolución de 1789 se vaya a pique. Si yo fuera Rodríguez Zapatero, ni de coña anunciaba en las circunstancias actuales que disparo el gasto en publicidad institucional. Pero sí obligaría mañana mismo a que, igual que se ha impuesto la ingesta de ese buñuelo que está demostrando ser Educación para la Ciudadanía, en la enseñanza secundaria y universitaria hubiera una asignatura troncal sobre actualidad informativa en la que se fuerce al análisis y al debate entre estudiantes de los asuntos más diversos que afectan a la colectividad en lo local, lo provincial, lo regional, lo nacional y/o lo mundial. Donde se enseñe además quiénes están detrás de los periódicos, o por qué unos informan de unas cosas y desde un enfoque en concreto mientras en otras cabeceras esas mismas cuestiones sistemáticamente o se silencian o se opacan en media columnita de las páginas pares. Donde se aclare a quienes algún día tendrán que llevar las riendas de este país que un periodista no tiene por qué ser el desgraciado que persigue por el césped al futbolista que acaba de meter el par de golazos o a la famosa más tonta con que se tope en el aeropuerto.
Por muchas razones y tantísimas convicciones más, me preocupa severamente que los lectores de prensa se estén muriendo año tras año y que, por factores de muy diversa índole (algunos bien lamentables), se haya suspendido el relevo generacional en plena Democracia, que tiene guasa la cosa. Internet sirve y servirá como eficaz paliativo frente a lo que se nos viene encima, pero poco más. Por ejemplo: el artículo de fondo, el más sustancioso y rotundo, está llegando a su fin. Las insignes colaboraciones de gente como Emilia Pardo Bazán —se me ocurre así a bote pronto— no dispondrían de hueco en los diarios que saldrán mañana al kiosco. Y lo peor es que sospecho que los políticos patrios están encantados con esta circunstancia. ¿A alguien acaso le gusta sentir en el cogote la presión diaria de la crítica? O planteado de otra forma: ¿qué gobernante estaría tan loco como para facilitar a la opinión pública los aperos necesarios para que cada cual pueda elaborarse autónomamente un criterio propio sobre la realidad que lo rodea?
Vamos mal. Y algunos sólo pueden celebrarlo.

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