03 septiembre 2009

Introspección (III): el día del potro

Primero o más bien Segundo de BUP. Mañana de invierno, con el patio encharcao desde primera hora, así que toda la clase se dirige cabizbaja y en chándal al minipabellón del Instituto Diego Angulo (futbito o muerte, ya se sabe).
No nos daba Educación Física el ecologista Juan Romero, sino otro tipo más rubiote del que no recuerdo ya su nombre (no lo tengo ni en la punta ni al final de la lengua). Aquel día quiso utilizar todo el material didáctico a disposición del alumnado, esto es, nos quiso enseñar a saltar el potrillo. Y a mí me dio la mañana…
Los que asistieron a aquella clase seguro que se acuerdan tan bien como yo. Comenzó con la ya feliz mamá Mari Ángeles Fernández Batanero (la hermana de Antonio el abogado) dando una voltereta completa a lo Nadia Comaneci en el potro grande para gimnastas auténticos que estaba por allí arrinconado. Fue algo digno de aplauso, créanme. Y de la cima a la sima: plantaron el potro pequeño en mitad de la pista, una de las colchonetas azules detrás para amortiguar la caída y un pequeño trampolín medio metro antes para ayudar a tomar impulso y saltar el obstáculo. Y empieza el personal a hacer sus modestas acrobacias.
Yo me eché a un lado en el que, improvisadamente, acabamos juntándonos los menos confiados en nuestras facultades físicas. Al final, todo kiski estaba saltando salvo tres chavales: una chica de Encinasola que se llamaba Pasión, mi amigo del alma Juan Feria Alcuña (el primogénito de mi tutor de primaria) y el que se confiesa sin concebir su pecado. Cabe imaginar las recriminaciones gallardas que nos hacían el profesor y algunos de los compañeros saltimbanquis por nuestro temor reverencial a un ejercicio tan sencillo y estúpido, pero ahí seguíamos, decididos a aguantar improperios y guasa, pero sanos y salvos; «el ande yo caliente» tan hispano como cabroncete.
Todo se empezó a torcer cuando el docente logró convencer a Pasión de que se ajustara las gafas y probara una sola vez, porque él se ponía al lado y le podía garantizar que no se deslomaba. Fue un salto limpio, sin problemas evidentes, que apuñalaba definitivamente el orgullo de los dos desertores que quedábamos allí en la estacada. Pero juro que a mí plin: lo único que le pedía a Dios era no quedarme solo. Mientras me quedara otro cobardica al lado, pensaba que mis reticencias resultarían explicables y convincentes.
En ésas que me mira Juan y me dice: «Illo, Manolo, yo voy a saltar». Sentí como si me metieran amarrado en un congelador industrial... Coge carrerilla el mamón de Jota y pega un bote que parecía que hubiese estado ensayando durante meses. En el mismo momento en que lo vi aterrizar sobre sus pies, supe que ya no tenía excusa. Así que en una de ésas le dije al profesor que lo iba a intentar.
Creo que todo el mundo se podrá imaginar la escena. Expectación bestial, nadie corriendo por el pasillo central, toda la pista para mí, con el trampolín listo para impulsarme y la colchoneta para evitar cualquier torcedura estúpida. Y allá que te voy: esprinto, salto sobre aquella desvencijada plataforma de madera con muelles, planto las manos en el lomo del potro, avanza imparable este cuerpo serrano en milésimas de segundo, se me olvida retirar las manos del potro (¿alguien me lo explicó acaso? Pregunto) y termino consecuentemente pegándome un guarrinazo de frente contra la famosa colchoneta azul, que estaba allí esperándome a modo de sudario.
Imaginen cómo pudo sonar aquello. Toda la clase de brazos cruzados esperando sólo a que Becerro saltara, y voy y me caigo redondo y de cara contra el suelo. Tras el ¡booooooooon! aquel, vinieron corriendo todos a ver qué quedaba de mí. Yo estaba perfectamente, pero el maestro me tocaba una a una las costillas a ver si no teníamos que irnos con las mismas a Riotinto a explicar en Urgencias lo peligroso que pueden llegar a ser los minipotrilllos de la Secundaria. Por fortuna, insisto, nada de nada. Porque ya lo decía Shakespeare: «Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte».

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8 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Es la primera vez que dejo un comentario en tu blog, aunque leo todas tus entradas, pero es que las que estás titulando "Introspección" me parecen las mejores que has escrito. Tal vez sea porque me siento muy identificada con los sucesos de tu infancia, puesto que yo también fui delegada de mi clase y una "patosa" de campeonato (que no quiero decir que tú lo fueras) cuando tocaba Educación Física (palabras malditas en mi infancia). Para mí lo peor era el salto de altura, ¡Qué de guarrazos me dí intentando saltar por encima de la cuerdecita que ponían en mi colegio!
Espero que escribas muchas más "Introspecciones".
Un saludo de una valverdeña.

03 septiembre, 2009 12:43  
Blogger Catum ha dicho...

¡estás que te sales!

Muy bueno (el carajazo, jaja)

03 septiembre, 2009 12:43  
Anonymous Monca Encendido ha dicho...

Buenas, Manolo. Enhorabuena por los tres relatos. Me encanta que hayas echado un “kit-kat” para contar detalles de tu etapa escolar. Lo que cuentas en el segundo, “el que hable, catea…”, me ha hecho revivir la catea que se llevó mi compañero, Soler, en el Claret. El pobre se creyó salvado cuando enfiló las escaleras abajo que conducían directamente a la calle… Pero ese día Don Ventura, el conserje, se retrasó en abrir la reja de la puerta…
Un abrazo.

03 septiembre, 2009 13:57  
Blogger Gloria ha dicho...

Pues me alegro de esta etapa nostálgica del pasado que estás viviendo. Tus relatos me han gustado mucho. Y en éste último coincido plenamente contigo, porque para mí ese era un verdadero potro de tortura. Con decirte que aún hoy en día sigo prefiriendo el potro de la consulta del ginecólogo, cosa que cualquier mujer aborrece con toda su alma.

Si es que todos no tenemos aptitudes atléticas ¡qué se le va a hacer!

Un beso, Manolo, que disfrutes de tus vacaciones.

03 septiembre, 2009 14:26  
Anonymous Aurora ha dicho...

Que bien me vino a mi lo del "soplillo" al corazón que me dio al nacer. Justicante en mano, Juan me trataba como a una reina. Que felicidad, aprobar gimnasia sin hacer na. Aurora

03 septiembre, 2009 14:30  
Blogger Rafael B. ha dicho...

Bueno, la "Educación Física" en cierta época causaba pánico para los "contemplativos" entre los que me cuento.
En mi caso no hubo problema hasta tercero de BUP en que contrataron a Cándido que era preparador físico o segundo entrenador o algo así del Recre. Ese nos hacía sudar: por ejemplo con los abdominales, al tercer intento era incapaz de levantarme más y que fuéramos varios no me consolaba demasiado ni me quitaba las agujetas. Las chicas, algunas de ellas, dejaron de tener el periodo cada mes para tenerlo... cada semana con tal de no hacer "gimnasia". Menos mal que no le pagaban bien y faltaba con frecuencia, no sé si hubiera aprobado nunca la asignatura.

03 septiembre, 2009 21:28  
Anonymous margarita ha dicho...

Me ha gustado los escritos que has hecho de tus vivencias en la etapa de estudios. Creo que la mayoría de nosotros teníamos terror a la hora de saltar el dichoso potro. Recibe un fuerte beso de tu prima

21 septiembre, 2009 17:07  
Anonymous Eu ha dicho...

No pude evitar acordarme de Nazareno...

08 noviembre, 2009 04:41  

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