03 septiembre 2009

Introspección (IV): mantecados y cernícalos


¿Quién en su vida no ha tenido que vender a titas y abuelas esas buenas cajas de mantecados El Patriarca tamaño familia numerosa para financiar el viaje de fin de curso y poder entrar en el Tívoli o en el inolvidable (por el olor a cabrales) Don Patín de Benalmádena, donde lo milagroso era no tener que salir pitando a por una poquita de escayola? Luego ibas de visita y, a modo de castigo, las compradoras te iban soltando uno a uno aquel golpe de polvorones, hasta vaciar la caja con las últimas calores de junio.
Lo que nunca jamás podremos olvidar los alumnos de mi clase del antiguo Menéndez y Pelayo fue el día en que llegó el repartidor con la furgoneta de Estepa. Estaba don Juan dándonos una clase de Lengua o Historia, y alguien del despacho de la dirección (que lindaba puerta con puerta con nuestra aula) entró a dar el aviso de que ya había llegado el emisario estepeño y que estaba ahí listo y preparado para descargar todo el stock de las navidades anteriores.
Dos o tres niños, entre inquietos e hiperactivos, se ofrecieron para ayudar a ir apilando las cajas al fondo, y el resto esperamos en los pupitres respectivos a que se reanudara la lección. Uno de los ayudantes más entusiastas era Ildefonso Mora, que vivía por aquel entonces en la calle Ayamonte, del que recuerdo aquellas señoras gafas que sin duda le duraron toda la primaria por ese cordón de seguridad que las salvó de más de un balonazo.
Iba y venía voluntarioso y juntaba cajas y cajas. Cuando ya llevaban un rato sin entrar fardos y parecía que el trabajo se había completado satisfactoriamente, llega Ilde con un último surtido: una cajita final y absolutamente inesperada. Pero lo curioso del caso es que, en vez de llevarla como había llevado las restantes (portándola cómodamente entre las manos, a la altura de la barriga), él se debió maliciar lo que iba a terminar pasando, porque entró con los brazos extendidos hacia arriba como si aquello fueran las tablas de Moisés, aunque sin ánimo ninguno de dar explicaciones sobre por qué la caja no iba al montón principal y sí a la mesa del maestro.
Después de mucho preguntarle e insistirle, Ildefonso Mora cantó: «Es un regalo para la clase. ¡Pero no se toca hasta que entre don Juan!», gritó. Maldito el preciso instante en que lo confesó todo... Entre que éramos niños en plena edad de crecimiento, que ocurrió todo a una hora malísima (más cerca del almuerzo que del desayuno), que nuestro tutor no llegaba a reaparecer en clase, que alguien fue a ver el contenido, que otro se acercó también a curiosear, que el hambre juntó a tres o cuatro alrededor, que alguno temió quedarse sin pegar bocado y que otro directamente abrió la caja... Pues eso: aquello se convirtió en un desfile de hambrientos que perdían toda la vergüenza, en la esperanza de que el maestro siguiera tardando una eternidad en retomar los mandos...
Lo malo es que don Juan era y es un hombre muy formal, y seguramente quiso insuflarnos a los niños valores inequívocamente democráticos (luz y taquígrafos) viéndole firmar todo el papeleo con el representante de El Patriarca. De modo que, cuando entraron los dos adultos, se encontraron de sopetón con una auténtica jauría de chavalines de 12 y 13 años alrededor de la mesa del maestro arrancándole mantecados al obsequio, lo más parecido a un festín de hienas que se pueda uno imaginar.
El rostro de don Juan era todo un poema. Creo que en la vida lo he vuelto a ver más serio que aquel mediodía (ni cuando le robaron los canarios, que ya es decir). Firmó los papeles como si estuviera ratificando penas de muerte, acompañó hasta el pasillo al distribuidor sin querer mirarle a la cara y volvió sobre sus pasos para cerrar la puerta y tratarnos con un cabreo que ríete tú del demonio.
Empezó suavecito, con algo así como «me habéis hecho sentir avergonzado como nunca», pero después de un rato con el tono in crescendo, ya se le empezaron a cruzar algunas imágenes de los documentales de La 2: «¡¡Os habéis avalanzado... como cernícalos sobre su presa!!». Exigió que, uno a uno, todos los que habían comido polvorones confesaran su gula. Algunos compañeros estaban vendidos de antemano, porque ya se sabe que algunos mantecados de la afamada marca sólo se pueden comer con un par de vasos grandes de agua al lado, y mientras don Juan echaba fuego por la boca los pobres tenían que seguir masticando y tragando para no terminar literalmente asfixiados.
La situación era tan patética que al final a nuestro tutor le terminó entrando la risa, cuando alguno se excusó con que él sólo se había comido unas peladillas o cuando algún otro se sacó del bolsillo un alfajorcillo aplanado para devolverlo al lugar del que nunca debió haber salido. Juro que no probé ni un solo mantecado de aquéllos, igual que rompo una lanza por Ildefonso, que hizo todo lo que estaba en sus manos para evitar aquel banquete. Y es que, si llega a oponer resistencia física, fijo que pierde las gafas.

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4 comentarios:

Blogger Rafael B. ha dicho...

No sé si en tu época seguía vigente la costumbre de tirar cosas "al pelón" que terminaba con una "melee" en la que algunos se lanzaban al grito de "ropa encima que hay poca". No sé como no había más fracturas de huesos, es que de niños éramos de goma.

03 septiembre, 2009 21:35  
Blogger Gloria ha dicho...

¡Ay, Manolo, siempre se ha dicho eso de que vas a durar menos que un puñao de caramelos a la puerta de un colegio! Y ahora ya puedo decir también que una caja de mantecaos!!!

Un abrazo.

04 septiembre, 2009 09:26  
Blogger Vera ha dicho...

Jojo, tremendo

04 septiembre, 2009 10:13  
Anonymous margarita ha dicho...

Bonito recuerdo. Es demasiada tentación para unos niños aguantar la llegada del profe, para repartir los mantacados. Al final, por lo que veo, todo quedó en unas risas por parte del maestro. Recibe un fuerte beso.

21 septiembre, 2009 16:57  

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