07 septiembre 2009

Introspección (V): sustos con torta

Se sabe que la venganza es un plato que viene servido directamente del congelador secreto del alma. Por ello, hay que poner especial cuidado en convidar a quien lo merezca realmente y, sobre todo, el camarero no debe confundir jamás al destinatario final.
Mi hermano Pablo se llevó toda su infancia, toda su adolescencia y parte de la adultez pegándome unos sustos de campeonato que, la verdad, nunca llegué a comprender qué pueden tener de divertidos para cualquier persona desentrenada en sadismo. Por poner un ejemplo, Pablo era perfectamente capaz de llevarse agazapado horas debajo de mi cama simplemente para terminar agarrándome por los pies (con gritos hambrientos de ultratumba) en cuantito me descalzara para meterme en el sobre. No sé si alguno de ustedes estará en disposición de identificarse con mi sofoco, pero es que yo tengo un hermano que, a semejanza de las peores fieras, debió nacer nictálope, lo que le permitía —desde que era un perfecto renacuajo— aguardar pacientemente en la penumbra del hogar a que me pusiera a tiro para saltar sobre mis miedos y poner a brincar mi corazón sin cariño ninguno.
El lugar favorito de Pablo para aterrorizarme era al final de un antiguo pasillo ciego al exterior que concluía en un absurdo recoveco entre el baño pequeño sin ducha y nuestra habitación, un sitio ideal para rodar el último cuarto de hora de La matanza de Texas. Justo allí, en los meses 'más entretenidos' de nuestra infancia común (de algún modo habrá que denominarlos), entre dos y tres veces por semana no estaba seguro de estar encontrándome con mi hermano o con los colmillos de Christopher Lee. Pero una tarde de aquellas, en la que estaba recuperándome aún del último susto del tercero de la dinastía, se me pintó calva la oportunidad: salía de mi cuarto, el pasillo estaba oscuro y expedito, la puerta final cerrada y justo detrás se escuchaba a Pablito relatándole cualquier cosa a mi madre.
Lo vi claro no, clarísimo. Era cuestión de esperar sólo un ratito recostado en el hueco de la pared a que el mamoncete abriera la puerta, enfilara el pasillo y fuera al lavabo o a la habitación para hacerle una demostración magistral de la maldita gracia que tenían sus sustos. El único riesgo que podía frustrar mi plan de venganza era que me diera la risa antes de que mi verdugo habitual diera los ocho pasos de rigor que lo colocarían inconscientemente a la vera de su víctima, así que me agaché y, en cuanto se abrió la puerta del pasillo, me tapé la boca a lo bestia, agarrándome los cachetes de la cara para que no se me moviera ni un solo músculo.
Todo marchaba sobre ruedas: el muy inocente cerró tras de sí de nuevo la puerta y, como disfruta de visión nocturna, no vio necesidad alguna en encender la luz. Y un paso, y otro, y un tercero, y cuatro pasos, y cinco, y seis... Al séptimo ya no aguantaba más, así que salté riéndome como un loco para gritarle a la cara «¡Júuuuuuuu!» y mondarme viéndole sufrir en vivo y en directo. Pero resultó que, para mi desgracia, quien estaba allí no era Pablo (la criatura de la noche seguía en el comedor haciendo muy calladito sus deberes), sino mi hermana Mamen, que se quedó literalmente petrificada delante mío, algo así como si la hubieran robado del Museo de Cera. Traté de explicarme con total franqueza: «Ay, Mamen, ¡te juro que creía que eras Pablo!». Pero nada...
El guantazo más grande que me han pegado en mi vida me lo soltó ella aquella tarde de hace unos 22 años. Digno de videojuego, en serio (me cayó al suelo y todo). Recuerdo que me dejó allí lloriqueando y se metió directamente en su habitación, pero estaba tan cabreada que salió para darme otro castañazo. ¿Que cómo me libré? Pues porque le pude demostrar, a la luz del baño, que con aquel primer tortazo ya me había dejado marcados los dedos en la cara. Picaba como me hubieran planchado la mejilla. Por eso digo que hay que tener mucho cuidado a la hora de vengarse de la gente. Porque no hay nada más contraproducente que, por un error de identificación, hacerle pagar tu odio a quien no lo merece. Te la devuelve fijo.

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