26 enero 2006

Noche alargada

En una plaza de Sevilla, un niño de unos tres años patea una pequeña pelota mientras su padre consume el cigarro y el ansia de una mañana de lunes. Aparece entonces una anciana que viene de comprar el pan gracias a su muleta. El pequeño, de un puntapié, termina colocando por azar la pelotita justo entre los pies de la vieja, que de repente ve peligrar su delicado equilibrio por las patadas vehementes que le lanza el infante para proseguir su juego. La señora pide ayuda, que alguien le haga el favor de sacar de ahí a este microfutbolista leñero porque no quiere que la cosa termine en el hospital con una cadera rota. Y allí que te va ese padrazo, con sus gafas de sol y todo el talante del mundo. En vez de pedir disculpas a la octogenaria, en vez de separar al niño y enseñarle dulcemente que no se puede jugar al balompié bajo las enaguas de una persona mayor, va y se enfrenta a la mujer a voces porque no deja jugar tranquilamente a su hijo; porque siendo tan vieja y tan pelleja ha tenido la ocurrencia de cruzar una plaza que, al menos mientras su infante esté allí, se convierte a todos los efectos en un parque infantil vetado para minusválidas quejicas. Indignada, la anciana le exige respeto, pero el tiparraco se pone aún más flamenco mientras el nene ya está en la otra punta pegando patadas al baloncito que, en una de sus entradas, rebañó del tobillo de la que perfectamente podría haber sido su bisabuela... En una sucursal bancaria de Ayamonte, seis niñatos patean a un indigente mientras sus padres duermen plácidamente en la noche más larga. El Abuelito se ha refugiado allí otra madrugada más del frío y el alcohol, así que la pandilla homicida sabe dónde buscarlo. Tras la tanda de puñetazos, pisotones y carcajadas no hay nadie a quien pedir ayuda. Las únicas puertas abiertas son las del ambulatorio y la Policía. No lo rompieron en dos de puro milagro, pero aun así los denunció. Y allí que te va el padrazo, con todo el talante del mundo. Pero no a interesarse por el estado de salud del indigente ni a disculpar un comportamiento absolutamente imperdonable, sino a echarle la bronca al Abuelito porque por su culpa a su chiquillo se lo acaban de llevar al cuartelillo de la Guardia Civil; porque un harapiento no puede denunciar a un estudiante de la ESO; porque liarse a golpes o a botellazos con un gorrilla no está vetado para la chavalería. Pero el pedigüeño no se indigna. Sólo ruega que los que pudieran ser sus nietos lo dejen vivir tranquilo. ¿Y saben qué es lo peor? Que el nene puede seguir ahora mismo por ahí soltando más patadas. Y su padre dormido.

Publicado en EL MUNDO Huelva Noticias el 26 de enero de 2006

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