09 abril 2006

Resurreciones

Hace tres días un tipo dicharachero y bueno de solemnidad se sentó a mi lado para charlar un poco. “¿Sabes qué es lo último que se rumorea por Marbella?”, me susurró al oído anticipando la confidencia. “Que Jesús Gil está todavía vivo. Date cuenta de que su cadáver no lo llegó a ver nadie y que supuestamente murió en un hospital privado regentado por uno de los grandes amigos de la familia. Aparte, mira qué casualidad que, desde su fallecimiento, su mujer está cruzando el charco dos o tres veces al año”. Es ya lo que le podía faltar al vodevil costasoleño: que el orondo y zafio ex presidente del Atlético de Madrid anduviera en estos precisos instantes en una mansión caribeña perdida en lo más verde y profundo de la selva (una especie de coronel Kurtz reducido al absurdo por el tamiz de Santiago Segura), transformando en mojitos su vasta fortuna y ajeno por completo al carrusel de detenciones y encarcelamientos decretados por el titular del juzgado número cinco de Marbella como consecuencia de la Operación Malaya. No estoy bromeando: como ocurriera con el cantante Elvis Presley o con el genocida Adolf Hitler, hay gente hecha y derecha que te responde con una media sonrisa cuando le hablas del difunto Gil y Gil, el padre espiritual del último y más desvergonzado urbanismo costero. Cuenta la leyenda que, tras morir en el año 1099, ataron el cadáver del Cid Campeador a la grupa de Babieca y que las tropas musulmanas huían despavoridas al ver aquel fantasma tan erguido. Así que nadie se extrañe de que, dentro de unos siglos, si el planeta no termina por explotar en cualquier despiste, se hable de un legendario héroe marbellí que llegó a pegar pelotazos multimillonarios post mortem. Porque se está cimentando otro mito con el que explicar a los hombres y mujeres más inocentes ese entramado de empresas pantalla y testaferros rocieros armado con su habitual buen gusto por el hortera de Juan Antonio Roca, y que también nos tiene a todos en vilo aquí en Huelva por ese Hotel La Malvasía en el que ahora resulta que, hasta el que cortó la cinta el día de su inauguración, simplemente pasaba por allí y no conoce nada más que de hola y adiós a Óscar Benavente, el hombre de paja que intentó ayudar a Farruquito a eludir la acción de la Justicia de la única manera posible... Tres cuartos de lo mismo ha dicho el tipo que estuvo por Rociana buscando los albañiles que hicieron las últimas reformas y que ofrecía trabajo en el hotel. Me refiero a Miguel Bejarano, el concuñado de Paco Bella, que anda zurrado porque ya ni se acuerda de las imprudencias verbales que ha cometido al hablar de los negocios públicos y privados de Roca, Benavente y compañía, quienes nunca han ocultado su predilección ni por El Rocío ni por Matalascañas, esa playa mítica que, a buen seguro, no pisará el finado Gil en mucho tiempo.

Publicado en EL MUNDO Huelva Noticias el 8 de abril de 2006

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