01 diciembre 2005

Actualidad

Dos noticias copan la actualidad política con todo merecimiento. Por un lado, el pacto de gobierno que han alcanzado PSOE y ¿PA? en Trigueros, que vuelve a unir al cabo de tantos años a Domingo Prieto y Cristóbal Romero y que habrá que ver cómo empieza y dónde termina. Por el otro, la sentencia sobre el congreso provincial de los andalucistas, con la que la autoridad judicial le ha venido a dar toda la razón a Antonio Capelo y sus polacas frente a la panda de Miguel Romero. Respecto a Trigueros, se viene a confirmar ahora que los socialistas y el ¿PA? han estado siempre más cerca de lo que han querido dar a entender ante la opinión pública. Recuerdo el cabreo del alcalde en el pleno en el que fue investido con los votos del popular Pepe Cerero porque en este periódico habíamos escrito que justo en su pueblo podían naufragar los acuerdos contra el PSOE impulsados por el discretísimo Curro Pérez y el mencionado Miguel Romero. No sé si Cristóbal mantiene ahora que la aproximación y el acuerdo con los socialistas no ha sido posible hasta hace cuatro días y desde una óptica puramente provincial (¿Pepe Cejudo tal vez?), pero la gente también extrae sus propias conclusiones. Quien me parece que no puede estar del todo contento con la jugada, aunque la bendijere, es ese pedazo de pan de Domingo Prieto. ¿Mira que si encima tenemos aquí al candidato soñado para volver a gobernarlo todo?... Pero cambiemos de tercio y hablemos de la sentencia sobre el congreso interruptus del PA de Huelva que, como era previsible, les da la razón a quienes iban a imponerse en el cónclave por la sencilla razón de que en Torremolinos ganaron los que ganaron y le darán la vuelta al calcetín. Algunos concluyen que a Miguel Romero le están creciendo los enanos del circo que montó, pero yo extraería otra lección de este fallo judicial, otra moraleja: los políticos que acuden a los tribunales para dilucidar asuntos internos no tienen nunca nada que hacer. Y en buena medida son los responsables directos de que la democracia brille por su ausencia en el seno de los distintos partidos, por muchas medallas que se quieran colgar algunos en cuanto tienen la menor ocasión. El probre Miguel, como tantos otros, cayó en su propia trampa y ha pretendido que un juez le reponga como monarca absoluto de una organización fraguada históricamente sobre principios tan discutibles como el de que, con un solo voto más, tengo el derecho de destrozarte. En ese contexto, las polacas de Capelo no sobran. Son la base misma del sistema.

Del archivo de EL MUNDO Huelva Noticias

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