
Primero o más bien Segundo de BUP. Mañana de invierno, con el patio
encharcao desde primera hora, así que toda la clase se dirige cabizbaja y en chándal al minipabellón del Instituto Diego Angulo (futbito o muerte, ya se sabe).
No nos daba Educación Física el ecologista
Juan Romero, sino otro tipo más rubiote del que no recuerdo ya su nombre (no lo tengo ni en la punta ni al final de la lengua). Aquel día quiso utilizar todo el material didáctico a disposición del alumnado, esto es, nos quiso enseñar a saltar el potrillo. Y a mí me dio la mañana…
Los que asistieron a aquella clase seguro que se acuerdan tan bien como yo. Comenzó con la ya feliz mamá
Mari Ángeles Fernández Batanero (la hermana de
Antonio el abogado) dando una voltereta completa a lo
Nadia Comaneci en el potro grande para gimnastas auténticos que estaba por allí arrinconado. Fue algo digno de aplauso, créanme. Y de la cima a la sima: plantaron el potro pequeño en mitad de la pista, una de las colchonetas azules detrás para amortiguar la caída y un pequeño trampolín medio metro antes para ayudar a tomar impulso y saltar el obstáculo. Y empieza el personal a hacer sus modestas acrobacias.
Yo me eché a un lado en el que, improvisadamente, acabamos juntándonos los menos confiados en nuestras facultades físicas. Al final, todo kiski estaba saltando salvo tres chavales: una chica de Encinasola que se llamaba
Pasión, mi amigo del alma
Juan Feria Alcuña (el primogénito de mi tutor de primaria) y el que se confiesa sin concebir su pecado. Cabe imaginar las recriminaciones gallardas que nos hacían el profesor y algunos de los compañeros saltimbanquis por nuestro temor reverencial a un ejercicio tan sencillo y estúpido, pero ahí seguíamos, decididos a aguantar improperios y guasa, pero sanos y salvos; «el ande yo caliente» tan hispano como cabroncete.
Todo se empezó a torcer cuando el docente logró convencer a Pasión de que se ajustara las gafas y probara una sola vez, porque él se ponía al lado y le podía garantizar que no se deslomaba. Fue un salto limpio, sin problemas evidentes, que apuñalaba definitivamente el orgullo de los dos desertores que quedábamos allí en la estacada. Pero juro que a mí plin: lo único que le pedía a Dios era no quedarme solo. Mientras me quedara otro cobardica al lado, pensaba que mis reticencias resultarían explicables y convincentes.
En ésas que me mira Juan y me dice: «Illo, Manolo, yo voy a saltar». Sentí como si me metieran amarrado en un congelador industrial... Coge carrerilla el mamón de Jota y pega un bote que parecía que hubiese estado ensayando durante meses. En el mismo momento en que lo vi aterrizar sobre sus pies, supe que ya no tenía excusa. Así que en una de ésas le dije al profesor que lo iba a
intentar.
Creo que todo el mundo se podrá imaginar la escena. Expectación bestial, nadie corriendo por el pasillo central, toda la pista para mí, con el trampolín listo para impulsarme y la colchoneta para evitar cualquier torcedura estúpida. Y allá que te voy: esprinto, salto sobre aquella desvencijada plataforma de madera con muelles, planto las manos en el lomo del potro, avanza imparable este cuerpo serrano en milésimas de segundo, se me olvida retirar las manos del potro (¿alguien me lo explicó acaso? Pregunto) y termino consecuentemente pegándome un guarrinazo de frente contra la famosa colchoneta azul, que estaba allí esperándome a modo de sudario.
Imaginen cómo pudo sonar aquello. Toda la clase de brazos cruzados esperando sólo a que Becerro saltara, y voy y me caigo redondo y de cara contra el suelo. Tras el ¡booooooooon! aquel, vinieron corriendo todos a ver qué quedaba de mí. Yo estaba perfectamente, pero el maestro me tocaba una a una las costillas a ver si no teníamos que irnos con las mismas a Riotinto a explicar en Urgencias lo peligroso que pueden llegar a ser los minipotrilllos de la Secundaria. Por fortuna, insisto, nada de nada. Porque ya lo decía
Shakespeare: «Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte».